Entre las enfermedades que pueden afectar al perro, una de las más conocidas y temidas es la leishmaniosis. En los últimos años se ha desarrollado una vacuna contra la leishmaniosis, que, sin embargo, no siempre administran los veterinarios al perro. Descubramos por qué.
¿Qué es la leishmaniosis?
La leishmaniosis es una enfermedad infecciosa causada por un diminuto parásito, Leishmania infantum, que puede afectar no solo al perro, sino también al ser humano y –como se ha descubierto recientemente– al gato. Su transmisión requiere necesariamente la presencia de un vector: los flebótomos, insectos similares a los mosquitos que “recogen” el parásito de un animal enfermo para transmitirlo a uno sano cuando chupan su sangre para alimentarse.
Intentemos comprender mejor qué son Leishmania y los flebótomos. 
Leishmania infantum es la especie más extendida en Italia, sobre todo en las regiones del sur, donde las condiciones climáticas favorecen el desarrollo de los flebótomos, insectos diminutos y amarillentos, de unos 2-3 milímetros de longitud, con el cuerpo completamente cubierto de pelos, lo que hace que su vuelo sea muy silencioso (de ahí el nombre de “mosquitos de la arena”). Es difícil oírlos, pero también verlos, y esto es importante para ellos, porque las hembras –las únicas capaces de alimentarse de la sangre del animal– aprovechan el descanso nocturno de sus huéspedes para alimentarse. Los flebótomos están activos de mayo a octubre, sobre todo al anochecer y durante la noche.
En cualquier caso, esto no permite establecer una “estacionalidad” de la enfermedad, ya que el periodo de incubación –es decir, desde el momento de la infección hasta la aparición de los síntomas– puede variar desde un mínimo de 1 mes hasta 4 años.
Cuando el flebótomo se alimenta de un animal enfermo –especialmente de las lesiones típicas, ricas en parásitos– ingiere las Leishmanias, que se dirigen al intestino del insecto para reproducirse. De este modo, con el paso de los días se acumulan cada vez más formas parasitarias en el cuerpo del flebótomo, que experimenta una sensación de asfixia que lo impulsa a buscar inmediatamente otro animal del que alimentarse.
En cuanto se desplaza a otro huésped e introduce su “boca” en la piel, una parte de estas Leishmanias se libera en el animal, donde es rápidamente “ingerida” por los glóbulos blancos presentes en esa zona.
Lo que ocurre después es crucial para determinar el desenlace de la infección. Si el sistema inmunitario activa sus glóbulos blancos para combatir el protozoo, el resultado suele ser favorable para el animal. En cambio, si se producen muchos anticuerpos, la situación evoluciona hacia la enfermedad, ya que estos no son capaces de combatir la infección –como lo harían frente a un virus o una bacteria– sino que, por el contrario, se unen a ella formando numerosos conglomerados, llamados “inmunocomplejos”, que se acumulan en distintas partes del cuerpo.
En particular, las zonas más afectadas son sobre todo aquellas donde la piel es más fina, como la cara y las orejas, pero también algunos órganos, como el hígado, el bazo y los riñones, así como los ojos y las uñas. Además, estos inmunocomplejos también pueden bloquear el paso de la sangre por los vasos sanguíneos, provocando la formación de microtrombos.
Por tanto, la gravedad de la leishmaniosis no depende de un daño provocado directamente por el parásito, sino de la respuesta del sistema inmunitario del animal frente a él.
Se presenta con un cuadro clínico muy complejo:
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Aumento del tamaño de los ganglios linfáticos
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Agrandamiento del hígado y el bazo
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Pérdida de pelo y úlceras en el hocico, las orejas y alrededor de los ojos
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Onicogrifosis (las uñas crecen rápidamente y están casi curvadas)
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Sangrado frecuente por la nariz
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Pérdida de peso muy evidente
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Anemia con encías pálidas
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Conjuntivitis
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Decaimiento
Cuando también los riñones empiezan a dañarse, aparecen síntomas como sed intensa y aumento de la producción de orina, hasta cuadros mucho más graves que conducen a la insuficiencia renal.
En general, al observar un perro afectado por leishmaniosis, incluso con solo 3-4 años de edad, la impresión es la de un perro anciano y maltrecho.
Vacuna sí, vacuna no
Hace pocos años, la empresa Virbac puso en el mercado la primera vacuna contra la leishmaniosis (CaniLeish). Aunque se trata de un gran éxito para la medicina veterinaria, en realidad la noticia no fue recibida con el entusiasmo esperado.
El mecanismo en el que se basa la vacuna es bastante complejo en comparación con las vacunas clásicas. Intentemos explicar su funcionamiento de manera muy sencilla. Hemos dicho que el resultado de la infección depende de cómo reacciona el sistema inmunitario ante la presencia de Leishmania. Una respuesta que produce principalmente anticuerpos es responsable de la aparición del cuadro clínico típico de la leishmaniosis. Por el contrario, si la respuesta se basa principalmente en el ataque de los glóbulos blancos, el parásito es eficazmente combatido y eliminado.
La vacuna consigue inducir al sistema inmunitario del animal a intervenir precisamente “enviando” los glóbulos blancos en lugar de producir anticuerpos, naturalmente solo en caso de ataque por parte del parásito. Sin embargo, un mecanismo tan preciso no siempre es posible, por lo que la vacuna no siempre tiene éxito.
Esto ha suscitado numerosas dudas entre los veterinarios, y las razones se deben a distintos aspectos:
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Tiene una eficacia del 70%;
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No evita la picadura del flebótomo: para este fin debemos utilizar productos específicos a base de piretroides;
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No protege contra la infección, sino que previene o atenúa la aparición de los signos clínicos relacionados con ella: en pocas palabras, si un flebótomo infectado picara a nuestro perro, podría transmitirle igualmente el parásito;
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No debe administrarse a perros enfermos ni a perros clínicamente recuperados;
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El coste es bastante elevado, sobre todo teniendo en cuenta las 3 primeras dosis iniciales (aproximadamente 70 euros por dosis);
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No impide la propagación del parásito en el entorno, que puede seguir siendo adquirido por el flebótomo de animales clínicamente sanos, pero infectados.
En cualquier caso, la existencia de una vacuna representa sin duda un gran logro, a pesar de las numerosas dudas planteadas por algunos veterinarios y propietarios. En líneas generales, la vacunación puede ser recomendable sobre todo en las zonas donde la leishmaniosis está muy extendida, pero siempre asociada a las medidas preventivas habituales frente a los flebótomos. Tanto para los perros vacunados como para los no vacunados, es buena práctica utilizar productos activos contra los flebótomos durante la temporada de mayor riesgo (de mayo a octubre), a base de permetrina, que, recordemos, es tóxica para el gato. De este modo reduciremos las probabilidades de que los flebótomos se alimenten de nuestro perro y le transmitan el parásito o, si por desgracia nuestro amigo ya está infectado, de que lo transmita a otros animales.
Además, también debemos considerar que la leishmaniosis, por desgracia, no tiene cura, aunque sus síntomas pueden mantenerse bajo control durante periodos de tiempo más o menos largos. A esto hay que añadir que se trata de una zoonosis, por lo que combatir la propagación del parásito en el entorno también es necesario para evitar la transmisión a personas inmunodeprimidas y niños.
Estas son algunas informaciones importantes sobre la vacuna:
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No debe administrarse a cachorros menores de 6 meses
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La primera administración debería realizarse en invierno, periodo en el que los flebótomos no están activos
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El protocolo prevé inicialmente la administración de 3 dosis con 3 semanas de intervalo entre ellas, para después proceder con un refuerzo anual
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Se desaconseja asociarla con otras vacunas, que deberían administrarse con al menos 2 semanas de diferencia

