La mielopatía degenerativa es una enfermedad neurológica que afecta sobre todo a los perros de raza grande, con mayor frecuencia al Pastor Alemán. Veamos exactamente en qué consiste, cuáles son sus causas, sus síntomas y los posibles tratamientos.
¿Qué es la mielopatía degenerativa?
La mielopatía degenerativa o DM es una enfermedad progresiva que afecta a la médula espinal, es decir, a la parte del sistema nervioso que sale del cráneo y se prolonga por el interior de la columna vertebral. De la médula espinal salen numerosos nervios, llamados precisamente espinales, que estimulan todos los órganos y tejidos del cuerpo.
El trastorno aparece sobre todo en perros de entre 8 y 14 años, aunque también puede observarse raramente en perros más jóvenes. Parece existir cierta predisposición en los perros de raza Pastor Alemán, pero podemos considerarla una enfermedad típica de los perros de raza grande, como el Labrador Retriever, Rhodesian Ridgeback, Bobtail, Pastor Belga, Chesapeake Bay Retriever y Boyero de Berna.
Pero ¿qué ocurre en la médula espinal de los perros afectados por esta enfermedad?
En esencia, la mielopatía degenerativa consiste en una lenta y progresiva desmielinización y degeneración axonal de las neuronas contenidas en la sustancia blanca de la médula espinal. Intentemos explicarlo de manera muy sencilla.
La médula espinal está formada por muchas neuronas (células nerviosas) superpuestas, que se agrupan en dos componentes: sustancia blanca y sustancia gris. La sustancia blanca, más externa, contiene los axones de las neuronas, que se presentan como largas colas delgadas que se originan en el cuerpo y están recubiertas de grasas blanquecinas (de ahí el nombre de “sustancia blanca”), que constituyen la llamada mielina. La sustancia gris, en cambio, más interna, contiene la parte inicial de esas mismas neuronas, que reciben todos los estímulos procedentes del cuerpo, y carece de mielina.
Esta importante capa lipídica sirve para aislar el axón de las neuronas en la sustancia blanca y acelerar la conducción de los impulsos nerviosos. Cada estímulo, de hecho, “viaja” a lo largo de los axones en forma de corriente eléctrica, igual que ocurre con los cables eléctricos que tenemos en casa. En pocas palabras, cuando pulsamos el interruptor de la luz, un impulso recorre los cables eléctricos hasta llegar a la bombilla, que se enciende; si hubiera un problema en los cables, esto no sería posible. En realidad, la mielina no permite la propagación del impulso, precisamente porque es aislante, pero consigue garantizar una mejor conducción gracias a que no recubre completamente los axones, dejando algunos segmentos al descubierto. De este modo, el impulso puede “saltar” de un segmento descubierto a otro mucho más rápidamente que si no existiera la mielina.
Lo que ocurre en los perros con mielopatía degenerativa es que la mielina se vuelve cada vez más delgada, dejando de garantizar una buena transmisión de los impulsos nerviosos. Al mismo tiempo, todo el axón sufre un daño lento pero irreversible, agravando aún más el cuadro.
Las causas de la mielopatía degenerativa aún no están perfectamente claras, pero parece que en su origen existe un problema genético. En esencia, algunos genes presentes en ese perro presentan mutaciones respecto a los animales sanos, que predisponen a la aparición del trastorno.
Los síntomas
Al tratarse de una enfermedad progresiva, es posible observar cierta evolución en la aparición de los síntomas. En la mayoría de los casos, la mielopatía degenerativa se manifiesta inicialmente con falta de coordinación de las extremidades posteriores, por lo que el perro no consigue caminar con normalidad, se tambalea y tropieza con frecuencia. Por lo general, estos síntomas comienzan en una extremidad y luego se extienden también a la otra.
En las fases más avanzadas, la debilidad de las patas se vuelve tan evidente que el animal ya no consigue mantenerse en pie, por lo que sufre una clara parálisis de las extremidades posteriores. Con el paso del tiempo, debido a la inactividad prolongada, los músculos afectados se atrofian progresivamente. Otro signo típico de las formas más graves es la incapacidad para orinar y defecar de forma autónoma.
Cuando el problema está especialmente extendido, también podrían verse afectadas las patas delanteras, aunque es bastante infrecuente.
Un aspecto importante relacionado con la mielopatía degenerativa, que permite al veterinario realizar un diagnóstico correcto, es que el animal nunca siente dolor en la zona afectada, por lo que durante la palpación no reacciona quejándose ni intentando morder.
La evolución de la mielopatía degenerativa suele abarcar de media un periodo de 6 meses a 1 año antes de que el animal se vuelva completamente parapléjico, es decir, deje de tener control de la parte posterior del cuerpo.
El diagnóstico
No es fácil realizar un diagnóstico rápido, ya que la mielopatía degenerativa presenta, al menos en las fases iniciales, síntomas muy similares a los de otras enfermedades del perro, como:
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Traumatismos
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Hernia discal
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Otras enfermedades neurológicas (tumores, mielitis)
Por desgracia, no existe una forma de afirmar con certeza que se trate de mielopatía degenerativa, por lo que hay que proceder descartando cada una de las enfermedades mencionadas mediante diferentes pruebas. Las más útiles son sin duda una radiografía, una resonancia magnética o una TC, que mostrarían posibles problemas articulares o tumores. La única forma existente de identificar una mielopatía degenerativa es examinar la médula espinal después de una autopsia, por lo que en el animal vivo esto no es posible.
El tratamiento
Por desgracia no existe una cura definitiva para la mielopatía degenerativa, por lo que solo se puede intentar ralentizar la progresión de los síntomas, aunque generalmente el desenlace es la parálisis de las extremidades posteriores. 
Se recomienda encarecidamente la actividad física, entendida tanto como pasear con nosotros como realizar ejercicios de rehabilitación con la ayuda de un fisioterapeuta, quizá en el agua. De este modo se previene la inevitable atrofia muscular derivada de la reducción del movimiento. En el mercado se pueden encontrar fácilmente carritos o arneses para ayudar al perro a desplazarse.
Gestionar un perro destinado a la parálisis no es nada sencillo y requiere tiempo y cuidados que no todo el mundo puede permitirse. Uno de los posibles desenlaces, además, es la pérdida del control de la vejiga, por lo que en este caso será necesario que el veterinario enseñe cómo vaciar manualmente la vejiga.
También es muy útil una dieta específica para prevenir el aumento de peso y reforzar el sistema inmunitario y la salud de los huesos. En particular, conviene complementar la alimentación del perro con suplementos, sobre todo a base de vitaminas de los grupos E y B, ácidos grasos omega-3 y antioxidantes. El más indicado, además, es el ácido aminocaproico, un excelente antiinflamatorio.

