La gastroenteritis hemorrágica del perro, conocida también como gastroenteritis transmisible o parvovirosis canina, es una enfermedad vírica que puede ser muy grave y que incluso puede causar la muerte de los perros, especialmente de los cachorros. Por lo tanto, es importante conocerla y prevenirla, principalmente mediante la vacunación, que también protegerá a las hembras gestantes de transmitir la enfermedad a sus hijos cuando aún se encuentran en el útero.
Qué es y cómo se transmite
La parvovirosis es transmitida por virus del género Parvovirus, entre los más pequeños que pueden encontrarse en la naturaleza. También existen virus de este género que afectan a los gatos, pero son ligeramente diferentes y por este motivo es muy difícil que la enfermedad se transmita del perro al gato o viceversa.
El virus se localiza principalmente en el aparato digestivo, por lo que las principales vías de transmisión son las heces, el vómito y, ocasionalmente, la orina del perro infectado. El principal problema que hace que la enfermedad se transmita es que un perro infectado empieza a expulsar los virus ya antes de manifestar los síntomas, por lo que no habrá señales que indiquen al dueño que debe impedir que su perro se acerque a ese animal enfermo para evitar la transmisión.
Por si fuera poco, el virus es muy resistente en el entorno, tanto en interiores como al aire libre, y por ello es importante desinfectar bien los lugares donde viven varios perros (perreras, clínicas o jaulas en cuyo interior hay un continuo recambio de perros).
El perro sano adquiere el virus por «transmisión oro-fecal», es decir, al comer las heces del perro infectado. Puede que ningún dueño permitiera un comportamiento semejante a su perro, pero si el perro come una hoja sobre la que otro perro infectado ha defecado y el excremento ha sido retirado por el dueño, es posible que haya quedado una pequeña cantidad en la hoja.
Una situación similar es la de una clínica en la que un perro haya defecado en el suelo, se haya limpiado y se haya pasado la fregona solo con agua (el virus permanece con este tipo de limpieza), y nuestro perro lama el suelo o coma una miga de pan que se encuentre en ese punto: de este modo el animal puede adquirir el virus.
Qué hace
Una vez que llega al aparato digestivo, el virus empieza a destruir las mucosas del estómago y del intestino. De este modo se ve comprometida la actividad de estos órganos, es decir, la digestión y la absorción de los nutrientes. Además, en este caso no solo las sustancias no son absorbidas por el organismo, sino que pasan del organismo al intestino para después ser eliminadas con el vómito y la diarrea (en la que también observamos rastros de sangre).
De este modo nuestro perro se vuelve cada vez más débil, tendrá fiebre, será reacio a moverse y, en general, estará muy debilitado.
Los síntomas se hacen visibles entre 5 y 10 días después de la infección, cuando el virus ya ha tenido tiempo de causar suficientes daños.
Los síntomas son tanto más graves cuanto más joven es el animal, ya que su sistema inmunitario es menos eficiente que cuando es adulto. Hasta los dos meses de vida estará protegido por la inmunidad materna, transmitida con la primera leche (el calostro), pero que desaparece poco a poco, dejando al cachorro a tener que «valerse por sí mismo» en sentido inmunitario.
También es importante recordar una vía de infección diferente, la que pasa por el útero materno: si una perra gestante contrae la infección, el virus puede llegar a los fetos. Allí no se localizará en el aparato digestivo, sino en el corazón, donde causará una infección grave. Sin embargo, esta infección no provoca síntomas visibles en los cachorros, por lo que pueden morir repentinamente antes de los tres meses. Por ello es importante que la madre esté vacunada para prevenir al máximo esta posibilidad.

Cómo se trata y cómo se previene
Si en lo que respecta a la transmisión uterina, de la que acabamos de hablar, hay poco que hacer por los cachorros, en el caso de la transmisión oral existe la posibilidad de salvar a nuestro amigo; lo importante es actuar con rapidez llevando al perro al veterinario, quien, en primer lugar, evaluará mediante una prueba rápida si realmente se trata de parvovirosis y, en caso positivo, repondrá los muchos líquidos perdidos con el vómito y la diarrea para llevar al organismo a unas condiciones óptimas para combatir el virus. Si no somos suficientemente rápidos al llevar al perro al veterinario, la fuerte pérdida de agua y sales minerales podría provocar la muerte por deshidratación (el perro está debilitado y difícilmente beberá espontáneamente y, si lo hace, probablemente vomitará; por tanto, los líquidos deben reponerse mediante una vía intravenosa, directamente en la sangre).
La prevención es, por tanto, la mejor solución para evitar esta peligrosa enfermedad: la vacunación se realiza a las 8-12 semanas de vida, según el plan de vacunación propuesto por el veterinario, y es una de las vacunas más importantes de todas.
Para evitar la transmisión a otros perros es importante desinfectar siempre (el mejor desinfectante es la lejía) los lugares donde el animal haya hecho sus necesidades y, en cualquier caso, desinfectar siempre las habitaciones o instalaciones donde haya muchos perros, con el fin de reducir al mínimo la posibilidad de infección.

