“El gato se sienta donde estaba sentada la mujer” es un antiguo proverbio latino que puede explicar cómo históricamente la relación entre la mujer y el gato es intensa y se concibe como natural. Por lo demás, muchos adjetivos típicos del gato, como sinuoso, felino e imprevisible, se utilizan para describir el universo femenino.
La relación entre la mujer y el gato probablemente presenta diferencias y rasgos particulares respecto al enfoque masculino, a menudo más vinculado a la presencia y al deseo de tener un perro. Son pocos los hombres que tienen un gato, mientras que es elevado el número de mujeres que tienen un minino en casa.
Es interesante observar lo que afirma sobre el tema el famoso zoólogo inglés Desmond Morris , autor de varios libros, entre los que destaca el ensayo “Catwatching”, convertido en un referente para los amantes de los felinos. Morris tiene una idea bastante extravagante sobre el asunto, pero no carente de cierto fondo de verdad.
En primer lugar, afirma que los gatos encuentran sin duda más agradable la voz femenina que la masculina, ya que es más aguda y, por tanto, más cercana a sus maullidos. Esto podría explicar por qué a menudo los gatitos se giran o acuden cuando los llaman voces femeninas, mientras ignoran por completo las llamadas de los hombres.
Otra hipótesis, quizá más disparatada pero verosímil, se basa en la férrea memoria del gato. El felino posee una auténtica memoria de hierro y, gracias a esta capacidad, logra escapar de peligros más o menos conocidos. Como bien sabemos, a los gatos no les gusta ir al veterinario, tanto por las molestias del viaje en el transportín como por los tratamientos que no quieren recibir bajo ningún concepto. Considerando que muchos veterinarios son hombres, el médico asocia la relación especial entre mujeres y gatos con este factor, ya que los felinos lo perciben como carente de peligros. Ahora que la profesión también se ha abierto al mundo de las mujeres, será interesante observar la evolución de los estudios de Morris y comprender si este rasgo puede seguir considerándose relevante.
Demos ahora un pequeño paso atrás en el tiempo, cuando para una mujer tener un gato era símbolo de brujería y de amor por las artes mágicas. Aunque el salto temporal abarque muchos siglos, no podemos olvidar las creencias que acompañaron el período de la Inquisición y que llevaron a la hoguera a cientos de mujeres inocentes. En aquella época, los gatitos negros eran marcados con una señal en el vientre para evitar que, al cumplir siete años, se transformaran en brujas. Al mismo tiempo, la creencia popular sostenía que ciertas mujeres se convertían en gatos durante la noche para beber la sangre del ganado. No cabe duda de que mujeres y gatos atravesaron tiempos muy difíciles, pero también recibieron los honores que merecían, sobre todo en el período egipcio, cuando el gato era considerado un dios y, por tanto, respetado de manera absoluta y con gran sacralidad.
Volviendo a la actualidad, es interesante conocer el análisis realizado por el Waltham Centre for Pet Nutrition, que constató que los gatos se vinculan con los seres humanos y, en particular, con las mujeres, no solo para obtener alimento. La investigación se publicó en la prestigiosa revista Behavioural Processes y se propuso revelar cuáles son las dinámicas y las alquimias que regulan la relación entre gatos y seres humanos. Más allá del simple factor relacionado con la alimentación, el experimento realizado observó que las mujeres simplemente están más predispuestas a acariciar y colmar de atención a los felinos.
¿El resultado? Los gatos corresponden al afecto recibido a su manera: saltan a las rodillas, lamen afectuosamente las manos y el rostro de las mujeres y establecen así una hermosa relación de intercambio recíproco. Probablemente, la clave para comprender la relación entre el gato y la mujer reside en la atención que las mujeres dedican a estos encantadores animales, que sin duda es mayor que la de los hombres. Por su parte, los gatos han elegido corresponder y dar inicio así a una relación de amor recíproco que se perpetúa desde tiempos inmemoriales.

