El collar es un accesorio extremadamente importante para nuestros perros, porque podrían escaparse durante el paseo diario o simplemente porque nos sirve para enganchar la correa. Sin embargo, tampoco es raro encontrar algunos gatos con collar, quizá con un bonito cascabel para completar el conjunto. Pero ¿es realmente necesario para el gato? ¿Qué modelo podría ser más adecuado para nuestro Fuffi?
Collar sí
El collar es una excelente herramienta para reconocer a primera vista a un animal callejero y distinguirlo de uno con propietario. Esto es aún más importante si tenemos en cuenta que, mientras que para los perros es obligatorio el microchip identificativo, para los gatos todavía hablamos de una opción voluntaria. Si vemos un gato con collar, lo más probable es que ya tenga un propietario que le permite deambular por los alrededores de casa, aunque también podría haberse perdido o haber sido abandonado.
Es difícil que un gato se acerque a los desconocidos, pero si estuviera acostumbrado a la vida doméstica, podríamos tener alguna posibilidad más de observarlo de cerca. De este modo será más fácil hacerle algunas fotos o identificar ciertas características, para poder difundir un anuncio de mascota perdida.
Algunos propietarios también colocan chapas identificativas en el collar, indicando el nombre del gato y su propio número de teléfono. Esta estrategia será de gran ayuda en caso de pérdida.
Collar no
Un aspecto importante que debe tenerse absolutamente en cuenta cuando se habla de collares es la seguridad. A diferencia de los perros, los gatos son muy ágiles y tienden a trepar y saltar por todas partes. Además, su reducido tamaño les ayuda a introducirse incluso en escondites muy pequeños. En principio, este factor no es muy relevante si hablamos de un gato que vive en casa. La cuestión se complica considerablemente para los gatos que viven en el jardín o tienen la posibilidad de salir.
Pensemos, por ejemplo, en un gato que se encuentra al aire libre, cerca de un bonito árbol. Lo primero que hará, probablemente, será trepar a gran velocidad hasta alcanzar el punto más alto, para dominar todo el panorama, a salvo de perros y otros animales. Por desgracia, se oye hablar a menudo de casos en los que el collar queda enganchado entre las ramas más finas, bloqueando el movimiento del gato o, peor aún, dejándolo colgado del cuello. Es un caso extremo, pero que se podría evitar perfectamente eligiendo un collar con las características más adecuadas.
Un gigantesco “no” a los cascabeles, sonajeros y otros accesorios ruidosos que puedan colocarse en el collar. El tintineo incesante, con el tiempo, aturde y pone nervioso al gato –recordemos que los animales oyen los sonidos con un volumen mucho más elevado que nosotros– y lo hace más vulnerable al ataque de perros y otros animales. Gracias a su agilidad, los gatos saben cómo esconderse de los depredadores. Sin embargo, si hacemos que cada uno de sus movimientos sea perceptible para el oído, reduciremos a la mitad sus posibilidades de no ser descubierto.
La mejor elección
En el mercado existen collares de distintos modelos, materiales, estampados y colores. Dejando de lado cualquier consideración estética –en este caso podemos guiarnos tranquilamente por nuestros gustos personales–, busquemos siempre un modelo elástico o semielástico, que pueda adaptarse a los movimientos del gato y, en casos desafortunados, ayudar al animal a liberarse.
La misma función la cumplen los modelos de doble hebilla. Una es la clásica, que sirve simplemente para abrochar o desabrochar el collar. Además, tienen una pequeña hebilla auxiliar que se abre cuando se produce una fuerte tracción, por ejemplo, si el collar quedara enganchado en una rama o una red. 
Estas dos precauciones pueden marcar realmente la diferencia en caso de peligro, salvando la vida del gato.
En cambio, el mejor material debe ser suave y cómodo, sin provocar rozaduras ni irritaciones en la piel del gato. El nailon sigue siendo la opción más adecuada, aunque probablemente tendremos que sustituirlo con más frecuencia, porque es más sensible a los “arañazos” de Fuffi.
En cuanto a la chapa identificativa, podemos elegir entre distintos tipos, desde la clásica, colgada de la hebilla del collar, hasta la placa metálica fijada a lo largo del borde. Una alternativa muy interesante es la “botellita”, un cilindro muy pequeño que se engancha a la hebilla del collar y en cuyo interior se puede introducir una nota con nuestros datos. Para los más tecnológicos también existen las innovadoras chapas con código QR; bastará con acercar el teléfono inteligente al collar, abrir una de las aplicaciones capaces de leer estos códigos y se abrirá una página de internet con todos los datos relativos a nosotros y a nuestro gato.
A este respecto, si nuestro amigo de cuatro patas padece determinados problemas de salud, como diabetes, alergias a medicamentos o infecciones peligrosas –como FIV y FeLV–, es esencial colocar una chapa identificativa que pueda proporcionar información exhaustiva al veterinario o a quien encuentre al gato. Así que sí a las “botellitas” y a los códigos QR.
En definitiva, el collar para el gato resulta útil si hablamos de un animal acostumbrado a salir al jardín y a la calle, sobre todo si tiende a alejarse durante mucho tiempo o a grandes distancias. Por el contrario, un gato que vive en un apartamento, sin ninguna posibilidad de salir al exterior, no tendrá ninguna necesidad real de llevar collar, salvo por su uso puramente estético.

