Quienes los aman lo saben: con el paso del tiempo, nuestros animales se convierten en parte integrante de nuestra familia. Nos conmueven, divierten y enternecen, nos hacen compañía en todas las situaciones y parecen hechos expresamente para escuchar y aliviar nuestros problemas cotidianos. Por no hablar de todas sus expresiones y actitudes graciosas que tanto nos divierten. Sin embargo, no siempre nosotros, los propietarios, conseguimos distinguir el límite entre las cosas que nos hacen reír y aquellas que, en cambio, incomodan a nuestros animales. Estas son las situaciones más frecuentes.
Usar palabras que no pueden comprender
Para comunicarse entre ellos y con el propietario, los animales utilizan sobre todo el lenguaje no verbal, compuesto por movimientos de la cola o de las orejas, expresiones particulares del rostro y gestos de significado inequívoco. También es cierto que los perros ladran y los gatos maúllan, pero en cualquier caso no hablan nuestro idioma, por mucho que un “miau” pueda parecerse a veces a un “mamá”. Gracias a su gran inteligencia, los animales consiguen captar algunas palabras “humanas” y el tono de voz con que las pronunciamos. El hecho es que, salvo un vocabulario reducido, no son capaces de entender perfectamente lo que les decimos. Por este motivo, cuando pedimos al perro que deje de ladrar, gritando y gesticulando, en la mayoría de los casos no conseguirá comprender lo que le estamos diciendo y se sentirá indudablemente confundido y desorientado.
Realizar gestos de clara dominancia hacia él
En el lenguaje canino, el abrazo —o, en cualquier caso, el gesto de apoyar una pata o el hocico sobre el lomo de otro perro— es una clara manifestación de dominancia. Por este motivo, sobre todo si no conocemos al animal que tenemos delante, evitemos abrazarlo y enseñemos a nuestros hijos a hacer lo mismo. Entre las demás actitudes de este tipo encontramos todos aquellos gestos que los perros utilizan entre ellos para establecer la jerarquía. Por ejemplo, mirarlo fijamente a los ojos, avanzar hacia él frontalmente y con rapidez, ponerle las manos sobre el hocico o la cabeza. ¿El peligro? El perro podría reaccionar poniéndose nervioso o sintiéndose amenazado por nuestro gesto.
No proporcionarle la educación adecuada
No estamos diciendo que todos los perros y gatos deban aprender perfectamente cada orden de la educación avanzada. Lo que deberíamos evitar, más bien, es dejar que vivan sin siquiera las reglas básicas que les sirven sobre todo para no sentirse desorientados dentro y fuera de casa. Al igual que ocurre con los niños que viven sin la presencia constante de sus padres durante su proceso educativo, también en nuestros animales la ausencia de reglas puede crear un malestar considerable. Enseñémosles las órdenes básicas, como «sentado» o «quieto», y hagamos que puedan aplicarlas a los aspectos cotidianos, también al juego. Las consecuencias directas de la ausencia de reglas se traducen sobre todo en malestar, inseguridad, confusión e incapacidad para convivir con el ser humano y con otros animales.
Imponerle atenciones no deseadas de personas, niños u otros animales
Si vemos que nuestro amigo de cuatro patas no consigue sentirse relajado en presencia de personas, niños u otros animales, simplemente dejémoslo libre para refugiarse donde prefiera. De lo contrario, podría estresarse o incluso reaccionar con nerviosismo y agresividad.
No poner límites a las travesuras de los niños
Los perros y los gatos necesitan su espacio. Por este motivo deberíamos intentar siempre evitar que los niños invadan su territorio, tirándoles de la cola o de los bigotes, pegándoles o molestándolos mientras duermen. Este punto es fundamental y debería enseñarse a todos los niños como regla básica para evitar algún mordisco o arañazo y garantizar un ambiente tranquilo a nuestro amigo de cuatro patas.
No proporcionarle la actividad física diaria que necesita
Los animales no están hechos para permanecer encerrados en casa todo el día. Ciertamente, se adaptan perfectamente a nuestro pequeño piso en la ciudad a cambio de comida y mimos, pero en cualquier caso necesitan cierta cantidad de ejercicio físico durante el día. La mejor manera de garantizarles lo que necesitan es hacerlos jugar dentro y fuera de casa, llevarlos a correr y pasear durante mucho tiempo, y no solo durante el tiempo necesario para “hacer sus necesidades”. Al privarlos de estas fuentes de entretenimiento, pronto nos encontraríamos con un animal con sobrepeso, apático, deprimido y estresado.
Tenerlo siempre atado
Si tenemos la posibilidad, al menos una vez al día, deberíamos encontrar la manera de liberar a nuestro amigo en las zonas para perros o en el campo. Mantenerlo constantemente atado, sobre todo en presencia de otros animales, hará que se sienta restringido y le impedirá explorar el entorno e interactuar con sus semejantes.
No aprender su lenguaje
El primer acto de amor que podemos y debemos realizar hacia nuestros amigos de cuatro patas es aprender su lenguaje verbal y corporal. Solo así seremos capaces de comprender sus necesidades reales y comunicar al mismo tiempo lo que queremos que hagan. La comprensión mutua es la base de toda relación, por lo que debemos empezar a interpretar el lenguaje y las actitudes de nuestros animales.


