Cada vez es más frecuente oír hablar de alimentos e integradores para animales enriquecidos con probióticos. Muchos de estos productos también son recomendados por los veterinarios, sobre todo para perros y gatos que sufren episodios frecuentes de diarrea o trastornos gastrointestinales de diversa índole. Pero ¿qué son estos probióticos y cómo funcionan?
Qué son los probióticos
Cuando hablamos de probióticos nos referimos a un conjunto de bacterias vivas que contribuyen a mejorar la salud del organismo, empezando naturalmente por el intestino. Dicho de forma más sencilla, no son más que los clásicos fermentos lácticos de los que tanto se habla. El término “probiótico”, de hecho, deriva del latín “pro” (a favor de) y del griego “bios” (vida), por lo que literalmente significa que su objetivo es mejorar nuestra vida.
Aunque cuando oímos la palabra “bacterias” pensamos inevitablemente en algo terrible, debemos tener presente que no todas las bacterias son perjudiciales para nuestra salud. Algunas, de hecho, viven sin causar problemas en nuestro cuerpo, sobre todo en el intestino, el aparato genital, las vías urinarias e incluso en nuestra boca y sobre la piel. El conjunto de estos microorganismos nos ayuda a vivir mejor, precisamente porque desempeñan muchas funciones beneficiosas.
Puede ocurrir, por ejemplo, al tomar antibióticos, en caso de vómitos y diarrea o cuando las defensas inmunitarias están más débiles de lo habitual, que estas bacterias “buenas” disminuyan, favoreciendo a otras bacterias que, en cambio, aumentan cada vez más hasta provocar molestias e infecciones.
Por eso, a menudo nuestro médico, al igual que el veterinario de nuestros amigos de cuatro patas, recomienda “reforzar” el grupo de bacterias “buenas” presentes en nuestro organismo tomando precisamente estos probióticos.
El término “probiótico” no debe confundirse con “prebiótico”, que tiene un significado completamente diferente. En este caso nos referimos más bien a sustancias presentes en los alimentos o añadidas por los fabricantes, que no pueden ser absorbidas por el organismo, sino que permanecen en el intestino para ser utilizadas por la flora microbiana normal presente en el tracto digestivo de cada uno de nosotros. Por ejemplo, entre los prebióticos se encuentran sustancias como los FOS (fructooligosacáridos), de los cuales el más importante es sin duda la inulina, una fibra muy útil para la salud intestinal, ya que literalmente alimenta a las bacterias “buenas”.
Por eso, a menudo los probióticos se asocian con los prebióticos en formulaciones específicas de alimentos e integradores. Por un lado, los probióticos aumentan el número de bacterias “buenas” en nuestro intestino y, al mismo tiempo, las sustancias prebióticas las alimentan para potenciar su eficacia.
Para qué sirven los probióticos
La eficacia de los probióticos se manifiesta en varios frentes, como:
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Refuerzan la flora microbiana intestinal;
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Evitan el aumento de las bacterias “malas”;
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Aumentan las defensas inmunitarias del intestino;
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Reducen los efectos de las inflamaciones en el estómago y el intestino;
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Controlan y reparan los daños causados a las células intestinales por inflamaciones, infecciones y traumatismos.
A estos efectos generales se asocia, por tanto, una serie de beneficios fundamentales, sobre todo en presencia de determinadas condiciones. En particular, se recomienda tomar probióticos en caso de:
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Consumo de antibióticos, que puede provocar diarrea;
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Infecciones gastrointestinales con vómitos y diarrea;
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Destete del gatito o del cachorro;
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Inflamaciones intestinales por estrés;
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Flatulencia y meteorismo;
Qué probióticos utilizar en los animales
Como siempre, debemos recordar que antes de administrar a nuestros animales un producto de uso humano, es aconsejable consultar primero al veterinario.
En el caso concreto de los probióticos, no todas las bacterias presentes en nuestro intestino están necesariamente presentes también en el del perro y el gato. Entre las que compartimos con nuestros amigos de cuatro patas encontramos sobre todo los Lactobacillus acidophilus, pero también L. Sporogenes, L. Faecium y L. Rhamnosus, así como Streptococcus Thermophilus y Enterococcus Faecium.
Cuando hablamos, en cambio, de probióticos destinados únicamente al ser humano, nos referimos sobre todo a bacterias que no son acidófilas, lo que significa que no consiguen sobrevivir cuando se encuentran en un ambiente con un pH muy ácido. Nuestro estómago produce una gran cantidad de jugos ácidos, que hacen que el pH alcance valores muy bajos. En el gato, en cambio, estos ácidos son hasta 6 veces más numerosos que en el ser humano, así que imaginemos qué podría ocurrirle a una bacteria sensible a la acidez cuando llega al estómago del gato.
Además, otro factor importante que debe tenerse en cuenta es que a menudo puede ser más indicado administrar un probiótico en polvo o líquido —gotas, jarabes, suspensiones, gelatinas— que en pastillas y comprimidos, porque muchas bacterias tienden a dañarse cuando se prensan o se agitan con demasiada fuerza.
A nuestros amigos de cuatro patas, con el paso de los años, les resulta difícil tolerar la lactosa presente en los alimentos, por lo que pueden reaccionar a la ingestión de este azúcar con diarrea. Del mismo modo, también debemos prestar atención a la presencia de gluten, sobre todo si nuestro perro o gato tiene una intolerancia o una alergia alimentaria. En caso de duda, elijamos un producto sin lactosa ni gluten.
Los probióticos específicos para perros y gatos casi siempre carecen de contraindicaciones.
La única precaución válida es evitar administrarlos a cachorros menores de 3-4 semanas o a animales con graves inmunodeficiencias, por ejemplo, en gatos enfermos de FIV, durante la fase aguda de la infección.

