Una de las experiencias más difíciles de afrontar para los propietarios de perros y gatos son las crisis epilépticas de su amigo de cuatro patas. El animal se tira al suelo, tiembla, babea, deja de responder a cualquier estímulo e incluso puede defecar u orinar de forma incontrolada. Estos episodios, que duran desde unos segundos hasta unos minutos, pueden deberse a una afección bastante difícil de comprender y diagnosticar, conocida como «epilepsia». Descubramos cuáles pueden ser las causas, cómo se manifiesta y cuál es el tratamiento.
Qué es la epilepsia
Definir la epilepsia no es nada sencillo, teniendo en cuenta que todavía se están realizando numerosos estudios para intentar determinar la naturaleza de este problema. Sin embargo, es fundamental aclarar un aspecto antes de comenzar a analizar la epilepsia: las crisis epilépticas no son una enfermedad, sino el síntoma de una afección que puede desencadenarlas, como veremos más adelante.
En cuanto a la definición, la más adoptada por los estudiosos fue propuesta por la ILAE (International League Against Epilepsy), que define la crisis epiléptica como «una aparición transitoria de signos y/o síntomas debidos a una actividad neuronal anormal, excesiva o sincrónica en el cerebro». Intentemos dar sentido a esta frase tan compleja. 
El cerebro es un órgano extremadamente importante, capaz de recoger todos los estímulos que llegan del exterior y del interior del cuerpo, procesándolos y enviando al mismo tiempo órdenes y señales. Todo lo que pensamos, hacemos o decimos depende del cerebro, incluido el comportamiento y otras funciones autónomas, como la respiración o el latido del corazón. Todo ello es posible gracias a la presencia de las neuronas, células especializadas en el transporte de información, que actúan como una gran red de comunicación en cada parte del cuerpo. Su capacidad consiste en activar o inhibir determinadas funciones.
La crisis epiléptica aparece cuando se rompe el equilibrio entre la excitación y la inhibición de las neuronas, provocando una activación excesiva o anómala. Si este «defecto» se detiene en una zona limitada, generalmente se habla de «crisis parcial». Por el contrario, una «crisis generalizada» se produce cuando las neuronas del área afectada por el problema «contagian» a las de las zonas cercanas, activando de forma exagerada distintas partes del cerebro. Por tanto, la excitabilidad excesiva de un grupo reducido de células llega a sumarse a la de las demás, provocando una hiperactividad sincrónica.
Cada una de estas células tiene una función precisa en el organismo, por lo que el cuerpo recibe el estímulo de realizar determinados movimientos, sin que exista un control real por parte del cerebro. Los que responden sobre todo son los músculos voluntarios, que, una vez activados “desde arriba”, comienzan a contraerse de forma anómala, dando lugar a las convulsiones. El mismo razonamiento puede aplicarse a cualquier otra parte del cuerpo afectada por la crisis, como los músculos de la cara, los ojos o la mandíbula.
Los síntomas
La crisis o ataque epiléptico se manifiesta en la mayoría de los casos siguiendo un patrón bastante preciso, en el que podemos distinguir cuatro fases:
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Fase prodrómica: puede durar varias horas o incluso días, y se caracteriza por hiperactividad, ansiedad y alteraciones del comportamiento;
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Aura: es la fase que precede inmediatamente a la crisis epiléptica; el animal percibe que está ocurriendo algo inusual, parece inquieto, se queja, busca al propietario y camina sin parar;
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Ataque o ictus: representa el punto culminante de la crisis epiléptica, durante el cual el animal comienza a tambalearse, abre mucho los ojos repetidamente y babea, contrayendo a veces la boca de forma rítmica, como si estuviera masticando algo. En este momento puede tumbarse de lado y quedarse completamente rígido, o pueden aparecer convulsiones, acompañadas de contracciones de las extremidades que a veces recuerdan al pedaleo. Durante esta fase puede girar los ojos hacia atrás, perdiendo completamente la consciencia, y puede orinar o defecar involuntariamente. La duración de esta fase es extremadamente breve, de media entre 30 y 60 segundos, aunque puede haber situaciones en las que el animal siga convulsionando durante varios minutos;
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Fase posictal: todos los síntomas se interrumpen, el animal se relaja y recupera el contacto con la realidad. A menudo parece confuso, desorientado y da la impresión de estar ciego. Después de varias horas o días vuelve a la normalidad y en ocasiones puede pedir más comida de lo habitual -polifagia- o beber mucha agua -polidipsia-.
Este es el patrón de una verdadera crisis epiléptica, pero los síntomas pueden variar de un animal a otro. En cambio, hablamos de «estado epiléptico» cuando la crisis se prolonga durante un periodo de tiempo extremadamente largo, incluso varias horas. Se trata de una situación muy peligrosa que requiere la intervención inmediata del veterinario.
Las causas
Las razones que se encuentran en la base de las crisis epilépticas pueden ser realmente numerosas. En primer lugar, debemos distinguir entre tres tipos de epilepsia: primaria o idiopática, secundaria y reactiva.
La «epilepsia primaria o idiopática» es una afección muy particular, en la que todas las pruebas diagnósticas realizadas evidencian la ausencia de otras condiciones que podrían causar las crisis epilépticas. En realidad, las causas de la epilepsia idiopática aún se desconocen, aunque entre las hipótesis se incluyen sobre todo factores genéticos que provocan una actividad cerebral anómala.
En cambio, hablamos de «epilepsia secundaria» cuando las crisis epilépticas representan el síntoma de una afección que afecta directa o indirectamente al cerebro, como:
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Traumatismos craneales
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Malformaciones cerebrales
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Tumores y quistes cerebrales (meningioma, glioma, linfoma)
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Problemas cardiovasculares (isquemia, tromboembolismo, encefalopatía hipertensiva)
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Inflamaciones (meningoencefalitis, infecciones como FIV, FeLV, rabia, toxoplasmosis, criptococosis)
La «epilepsia reactiva», por su parte, se refiere a situaciones que no afectan directamente al cerebro, pero que pueden desencadenar las crisis epilépticas, como las intoxicaciones -por ejemplo, por antiparasitarios o etilenglicol, es decir, el anticongelante para automóviles- y algunas causas metabólicas, como:
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Disfunciones de la tiroides
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Disfunciones renales
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Disfunciones hepáticas
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Diabetes
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Desequilibrios electrolíticos
El diagnóstico
En caso de sospecha de epilepsia, debemos claramente confiar en nuestro veterinario, que podrá intervenir de la manera más adecuada, especialmente desde el punto de vista diagnóstico, que no es nada sencillo. Para facilitar esta tarea, se recomienda grabar al animal durante un ataque y mostrar el vídeo al veterinario.
Generalmente, el diagnóstico se basa en una serie de investigaciones y pruebas, indispensables para descartar cualquier posible afección que pudiera desencadenar las crisis epilépticas, como:
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Auscultación del corazón
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Examen neurológico (evaluación de los reflejos)
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Análisis de sangre (función hepática y renal, glucemia, electrolitos, tiroides, etc.)
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Análisis de orina
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Ecografía abdominal
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Ecocardiograma
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Resonancia magnética o TAC
Solo si ninguna de estas pruebas mostrara posibles alteraciones, se podría optar por un diagnóstico de epilepsia primaria o idiopática.
El tratamiento
La epilepsia no tiene cura, pero es posible mantener las crisis epilépticas bajo control mediante un buen protocolo terapéutico, que debe administrarse durante toda la vida del animal.
El fármaco más utilizado en estos casos es el fenobarbital (nombres comerciales: Gardenale, Luminale), un anticonvulsivo perteneciente a la familia de los barbitúricos. Su efecto dura aproximadamente 12 horas, por lo que se administra dos veces al día, con una dosis establecida con precisión por el veterinario. Una vez iniciado el tratamiento, después de 2-3 semanas se realiza una extracción de sangre para comprobar si la concentración del fármaco en la sangre (fenobarbitalemia) ha alcanzado un equilibrio. Una dosis demasiado baja, de hecho, puede no ser eficaz para reducir las crisis, mientras que una dosis demasiado alta puede afectar a la calidad de vida del animal, además de a su hígado. Una vez determinada la dosis adecuada -que es absolutamente individual y debe establecerse únicamente basándose en la fenobarbitalemia-, se puede realizar un control cada 6 meses, que incluya también una monitorización del hígado.
Como alternativa, existen otras soluciones, como el bromuro de potasio -que debe administrarse solo al perro-, especialmente adecuado para perros que sufren problemas hepáticos o para los que el fenobarbital no resulta suficientemente eficaz. En el gato, el bromuro de potasio está desaconsejado, ya que puede causar graves problemas respiratorios.
Otras moléculas pueden ser las benzodiacepinas (p. ej., diazepam, nombre comercial: Valium), que se administran junto con el fenobarbital o en caso de crisis epilépticas muy fuertes.
El objetivo de un buen tratamiento antiepiléptico es reducir la aparición de las crisis epilépticas -a menudo es imposible eliminarlas por completo- sin afectar negativamente a la calidad de vida del animal, que debe poder continuar realizando todas sus actividades cotidianas normales sin sentirse excesivamente aturdido.
Qué hacer durante los ataques
A menudo, la crisis epiléptica altera más al propietario que al animal. Por desgracia no hay mucho que podamos hacer para ayudarlo durante un ataque, por lo que la preocupación se une a una sensación de impotencia que nos impide mantener la calma.
En cualquier caso, lo que debemos hacer, por difícil que sea, es no dejarnos llevar por el pánico. Evitemos gritar o ponernos nerviosos. Al contrario, hablemos suavemente a nuestro amigo de cuatro patas y apaguemos la televisión o la radio para intentar mantenerlo tranquilo, sobre todo una vez que se haya recuperado.
Debemos resistir la tentación de meterle las manos en la boca o sujetarlo, porque podría reaccionar incluso con agresividad. Además, evitemos levantarlo, ya que podría caerse y hacerse mucho daño.
Solo si el ataque se produjera mientras el perro o el gato tienen comida en la boca, debemos extraerla para evitar que se atragante, aumentando el riesgo de asfixia.

