La leishmaniosis es probablemente una de las enfermedades más conocidas cuando se habla de perros. La información que suele escucharse es algo contradictoria. Por ejemplo, nunca se habla del gato, aunque también le afecta. Se oye hablar a menudo de la vacuna, sobre la que todavía existen muchas dudas. Se dice que la transmiten los mosquitos, pero no es verdad. También se dice que es una bacteria, y no lo es.
Vamos, pues, a desmontar algunos mitos e intentar comprender el funcionamiento de una de las enfermedades animales más complejas y difíciles de tratar.
Qué es y cómo se transmite
Cuando se habla de Leishmania, ya resulta difícil intentar explicar qué es.
Entre los organismos eucariotas (los que se alimentan para obtener energía) encontramos cinco reinos: Animales, Plantas, Hongos, Bacterias y Protistas. Probablemente conoceréis algún organismo de los primeros cuatro reinos, pero ninguno del último. Pues bien, la Leishmania es un protista. Podemos verla como una forma intermedia entre una bacteria y un animal muy, muy sencillo.
Es un microorganismo visible solo al microscopio, que un insecto inyecta en la sangre del perro o del gato (también del ser humano, pero causa muy pocos daños).
El insecto es un flebótomo, también llamado mosquito de la arena (porque se alimenta, es decir, pica, y después guarda silencio; no se le oye), que es más pequeño que un mosquito y parecido a un jején.
Si este insecto pica a un perro infectado, se infectará a su vez. La Leishmania tiene dos formas: una móvil y otra inmóvil. En el organismo del perro se encuentra la segunda, la inmóvil, que, una vez llega al intestino del flebótomo, se vuelve móvil. Sube, alcanza la probóscide (el aguijón, en definitiva) y se inyecta en la sangre donde, al poder moverse, se multiplica, se difunde por todo el organismo y después vuelve a ser inmóvil.
Qué hace
Si os ha costado comprender qué es la Leishmania, sabed que entender por qué provoca la enfermedad es aún más complejo. Las bacterias, por lo general, «comen» dentro del organismo del perro, a expensas de este. La Leishmania no.
En la práctica, en cuanto el parásito entra en el organismo, los glóbulos blancos de la sangre lo «comen» e intentan digerirlo para destruirlo. Por desgracia, consigue sobrevivir a esta digestión (volviendo, además, a su forma inmóvil) y se multiplica cada vez más.
El organismo intenta combatirlo mediante los anticuerpos, proteínas especiales que, una vez unidas a un organismo patógeno, indican a los glóbulos blancos «comedores» (los macrófagos) que deben ingerirlo. Pero, como ya hemos dicho, no consiguen digerirlo ni destruirlo.
Esto hace que los anticuerpos unidos a una parte de la Leishmania comiencen a circular libremente por el organismo y después se depositen en lugares concretos: se depositan en el ojo y causan problemas de visión; se depositan en la piel y provocan descamación (la típica caspa de la leishmaniosis); se depositan en las articulaciones y causan problemas al caminar al perro o al gato. Sin embargo, también se depositan por los vasos sanguíneos, venas y arterias, cuyas paredes se dañan y provocan pequeñas pero generalizadas pérdidas de sangre.
Finalmente se depositan en el riñón y originan insuficiencia renal, que es una de las peores consecuencias de la enfermedad.
Todo esto provoca un estado de gran abatimiento, fiebre, problemas de movimiento y consecuencias aún peores con el paso del tiempo. Sin embargo, todo este proceso se caracteriza por ser lento.
En ciertos casos, además, solo aparecen algunos de estos síntomas, no todos: debemos prestar mucha atención y, si observamos alguno de los signos descritos anteriormente, llevar al perro o al gato al veterinario, que intentará encontrar una solución al problema.
Cómo se trata y cómo se previene
La leishmaniosis es muy difícil de tratar. Es resistente en el organismo del animal, por lo que los medicamentos no funcionan de manera óptima; el tratamiento a menudo es sintomático, es decir, se administran medicamentos que permiten corregir, uno a uno, los síntomas que provoca la enfermedad; si el animal mejora, también funcionan mejor los medicamentos específicos y existe la posibilidad de curación.
Sin embargo, el parásito nunca se elimina, sino que permanece en el organismo durante toda la vida, por lo que cualquier enfermedad concomitante puede provocar una recaída, además siempre peor que el episodio anterior.
En cuanto a la prevención, se habla mucho de la vacuna: existen algunas vacunas contra la Leishmania, pero su eficacia es todavía bastante dudosa y no siempre funcionan.
La principal solución, aunque difícil, debería ser la prevención desde el origen, es decir, evitar la picadura del flebótomo. Podemos hacerlo evitando ante todo lugares muy húmedos y con muchos mosquitos (y, por tanto, también flebótomos), y proporcionando a nuestro perro collares repelentes o productos específicos que se distribuyen sobre el lomo para evitar que el insecto se acerque y todo lo que ello conlleva.
Al evitar la picadura protegeremos la salud de nuestro perro y evitaremos que, al infectarse, pueda transmitir a su vez la infección a otros animales.

