Cuando se habla de la alimentación del perro y del gato, una de las preguntas más frecuentes que se plantean al veterinario se refiere a la posibilidad de dar huesos a los animales.
Probablemente, una de las creencias más extendidas en el mundo es que no existe ningún peligro en complementar la dieta de nuestros animales, y en particular la del perro, con huesos crudos o cocidos de distintas especies.
En efecto, desde niños siempre hemos estado acostumbrados a asociar el hueso clásico con la imagen del perro, del mismo modo que a menudo se relaciona al gato con la espina de pescado. Casi da pena admitirlo, pero ninguno de los dos binomios es precisamente ideal para nuestros amigos animales; al contrario, podrían exponerlos a situaciones realmente peligrosas.
Según algunas teorías populares, no todos los huesos pueden poner en riesgo la salud de los animales, sino que el grado de peligro varía según el tamaño de cada pieza. Por ejemplo, a menudo se considera que los huesos más largos y compactos, como la rodilla o el fémur de bovino, son más difíciles de astillar y, por tanto, menos peligrosos. Todo ello es absolutamente falso. El perro es un depredador, por lo que está naturalmente preparado para cazar incluso presas grandes. Su dentadura, de hecho, está especializada para agarrar, desgarrar, aplastar, triturar y pulverizar incluso las partes más duras y compactas de la presa. Precisamente por este motivo, independientemente del tipo de hueso, el perro será capaz de masticarlo y fracturarlo.
Está claro que los huesos pequeños y finos, como los de pollo o conejo, son los más peligrosos de todos. El perro y el gato podrán romperlos con mucha facilidad y en muy poco tiempo, aumentando el riesgo de generar más fragmentos puntiagudos y cortantes.
Otro aspecto que debe tenerse en cuenta está relacionado con la cocción de los huesos. Tanto si se trata de partes de carne hervida como asada, la cocción, aunque por un lado reduce la carga bacteriana y elimina posibles parásitos, por otro hace que los huesos sean más quebradizos y, por tanto, más fáciles de astillar.
¿Por qué es peligroso dar huesos a los animales?
Pero ¿cuáles son los riesgos a los que podemos exponer a nuestros animales al darles huesos? Veámoslo en detalle.
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Rotura de dientes: los huesos, sobre todo los más duros, pueden dañar los dientes del perro y del gato. El problema no es exclusivamente estético, ya que una lesión dental también puede provocar abscesos e infecciones graves.
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Lesiones en la boca y la lengua: los fragmentos puntiagudos de los huesos pueden causar lesiones en la lengua, las encías, el paladar y las mejillas. Pueden ser heridas leves, que se curen en pocos días, pero en algunos casos también pueden desarrollarse procesos mucho más graves, como las fístulas orales (verdaderos «conductos» que se originan en la boca), para las cuales puede ser necesaria una intervención quirúrgica.
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Estreñimiento: los huesos son muy ricos en calcio, que hace que las heces sean más Las consecuencias relacionadas con la ingestión frecuente de huesos en el perro y el gato pueden variar desde un estreñimiento transitorio, con dificultad para defecar, hasta problemas más graves, como verdaderas obstrucciones intestinales. En estos casos podría ser necesario someter al animal a una intervención quirúrgica para retirar manualmente el material bloqueado en el intestino;

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Diarrea: los huesos podrían provocar irritaciones de la mucosa intestinal, sobre todo por la acción mecánica del roce de los fragmentos óseos contra las paredes del intestino;
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Perforaciones del estómago o del intestino: los huesos más puntiagudos pueden perforar las paredes del estómago o del intestino, provocando hemorragias graves, además de las infecciones causadas por el vertido del contenido gástrico en la cavidad abdominal, como la peritonitis;
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Obstrucciones: las astillas más grandes tienen mayores probabilidades de quedar atascadas en cualquier punto del tracto digestivo del animal, desde la boca hasta el recto, provocando obstrucciones graves.
A la luz de toda esta información, el consejo de la mayoría de los veterinarios es no exponer a nuestros animales a peligros que, seamos sinceros, podrían evitarse tranquilamente. Los huesos, grandes o pequeños, cocidos o crudos, no deberían ofrecerse de ninguna manera al perro ni al gato. Si realmente no quiere que su perro renuncie al placer de roer comida, puede comprar huesos completamente comestibles a base de piel de búfalo o jamón. Su perro estará satisfecho, pero sobre todo fuera de peligro.

